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Reaccionar con premura ante los primeros síntomas de esta enfermedad es clave para minimizar sus secuelas

El ictus es la segunda causa de muerte en la mujer y la tercera en hombres y es la principal causa de discapacidad en el adulto y de enfermedad neurológica en jóvenes junto a la esclerosis múltiple, pero es posible prevenir la enfermedad y minimizar sus posibles secuelas. Por ello, desde la Federación Española de Ictus (FEI) y el colectivo profesional se está invirtiendo muchos esfuerzos en concienciar e informar a la población sobre esta enfermedad y los últimos avances en prevención y tratamiento de la misma. Sin ir más lejos, el pasado lunes la FEI celebró la jornada «Stroke Action: Preventing and Caring», un acto que reunió a numerosos especialistas pero que también estuvo abierto al público.

Por ello, es de vital importancia la prevención de le enfermedad, que suele producirse en personas mayores de 70 años, habitualmente hombres, con hipertensión arterial como principal factor de riesgo, al que se le unen otros como la diabetes, el colesterol, las arritmias cardíacas o el tabaquismo. Pero también es clave una rápida actuación ante los primeros síntomas de le enfermedad.

Existen dos tipos de ictus, con tratamientos y expectativas muy diferentes. Por un lado, el hemorrágico, que implica la rotura de una arteria; por el otro, el isquémico, que es aquel que se produce por una oclusión arterial debido a un coágulo y afecta al 80 por ciento de los pacientes. Es en éste último en el que de unos años a esta parte se ha producido una significativa revolución en cuanto a su tratamiento gracias a la administración vía endovenosa de un fármaco que logra disolver el coágulo. Es lo que se conoce como tratamiento fibrinolítico y éste debe suministrarse dentro de las primeras 4 horas y media después de producirse el ictus puesto que de esta manera, las secuelas de la enfermedad pueden reducirse drásticamente. «En la primera hora y media se puede mejorar a uno de cada dos pacientes tratados y en las primeras cuatro horas y media, a uno de cada siete», señala el doctor Franciso Purroy, Director del grupo de Neurociencias Clínicas del Instituto de Investigación Biomédica de Lleida, médico especialista en la Unidad de Ictus del Hospital Universitario Arnau de Vilanova (HUAV) y profesor de la Universidad de Lleida, quien aclara que «mejorar quiere decir que la persona sea autónoma, sin discapacidad o con una discapacidad muy leve».

Incluso en aquellos pacientes con un ictus isquémico grave, en ocasiones está indicado complementar el tratamiento fibrinolítico con un cateterismo.

«En 2004 se introdujo el tratamiento en cuestión, así como también se formó la red de intervencionismo para el ictus isquémico, pero por entonces sólo se administraba a entre un 2 y un 5 por ciento de los pacientes y ahora llega al 16 por ciento de los enfermos», destaca el doctor, quien explica que «respecto a hace doce años, ha aumentado el porcentaje de pacientes que actúan antes; ahora se trata al paciente durante las primeras cuatro horas y medias después de ictus, cuando antes sólo se hacía en las tres primeras horas y entonces era sólo para enfermos menores de 80 años mientras que a día de hoy no hay límite de edad». Paralelamente, en la última década se ha dotado a todos los hospitales de una Unidad del Ictus, lo que garantiza un tratamiento igualitario y universal en todo el territorio catalán, pionero y potencia a nivel español en el lo referente a esta enfermedad.

Por último, el doctor Purroy recuerda que, tras sufrir un ictus, el paciente debe cuidarse y seguir un tratamiento, ya que de esta manera el riesgo de recurrencia se reduce de un 30 al 53 por ciento. Juan Manuel Modéjar tenía 39 años, y dos hijos de cinco y catorce años cuando un 6 de junio de 2001, durante la jornada laboral, sintió mareos, pérdida de equilibrio y un fuerte dolor de cabeza que achacó a una insolación. Al comprobar que los síntomas perduraban horas más tarde acudió al hospital, donde le pusieron un collarín y recetaron pastillas para el vértigo. Él no era una persona que respondiera al perfil de riesgo de sufrir un ictus. Pero de madrugada, cuando Juan Manuel intentó levantarse de la cama para ir al servicio, había perdido el habla y la movilidad. Fue ingresado de urgencias, sedado para mantener al mínimo sus constantes vitales y estuvo entre la vida y la muerte. Entonces Juan Manuel se vio obligado a iniciar un nuevo proyecto de vida. «Tenía déficit visual, problemas de habla, de movilidad y deglución», recuerda este valenciano, que admite que por entonces ni él ni su familia tenían apenas información sobre la enfermedad, sus secuelas y tratamiento. Sin embargo, «gracias a la pelea diaria», a día de hoy sólo sufre hemiplejia en la parte izquierda. «El ictus me rompió mi proyecto de vida y tuve que encontrar la manera de dar sentido a mi vida», asegura Juan Manuel, quien anima a todas aquellas personas que han pasado por lo mismo que él que «no pierdan la ilusión y luchen». «Me quitó todo por lo que había luchado de un plumazo justo cuando tenía la estabilidad que siempre había buscado», recuerda para a continuación asegurar que «aunque el ictus no se supera, hay que aprender a convivir con él». Sin embargo admite tener «anhelo del Juan que dejé atrás» y lanza un mensaje a quien quiere escucharle: «Somos crónicos pero somos seres útiles, por eso pido que nos tengan en cuenta porque tenemos muchas cosas que aportar a la sociedad».

Fuente: La Razón